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domingo, 18 de agosto de 2013

"El tatuaje" de Candy Von Bitter



Le pidió convertirlo en ángel. Afuera las luces ya se habían encendido. La pequeña pantalla de su Anon, sujeto por un brazalete rojo, brillaba para indicarle que el reporte climático anunciaba lluvia para la noche. Nadie debería salir a menos que contara con el equipo apropiado de protección, lo cual descartaba a la totalidad de sus clientes habituales. Iba a accionar el dispositivo que mantendría intacto al edificio cuando el sonido deslizante de la puerta le hizo girarse.

Sin ninguna ceremonia, ese muchacho se apoyó contra el mostrador de bocetos y le pidió unas alas. Pero no alas de dragón, las que estaban de moda entonces, ni las de mariposa, la opción de aquellos que no querían seguir la moda, sino de ave. De ave grande, para que le abarcara toda la espalda, plumas y demás, cerradas. Lo quería para hoy, insistió. ¿Sería eso posible?

Cómo no. Si eso era lo que quería.

Realizó el boceto guiándose en archivo viejo del anterior dueño de la tienda, ya muerto, usando más imaginación que la que habría necesitado con las mariposas o dragones. Sólo tenía a su disposición un dibujo de una paloma alzando el vuelo desde una fuente. Copió el contorno de las alas lo más fielmente que pudo y luego, en otra hoja de calcar aprobada por el Ministerio de Arte, su mano empezó con trazos finos para determinar una forma aproximada de lo que sería. Se basó un poco en el ala extendida de su fiel Anon, pasando la vista entre la página que había agrandado para él en el aire y el joven sentado en su sala de espera. Este permanecía del todo tranquilo, balanceando los pies en el borde del asiento y sin mirar nada con particular interés. Ni siquiera le prestaba atención. Esperaba sin prisas.

Su indumentaria no tenía nada de especial. La camiseta rasgada en medio del pecho de color verde fosforescente, coloreando la piel pálida, y los nuevos pantalones de acuario, azules hasta que la luz les daba y mostraban un brillo multicolor. Supuestamente imitaba a las escamas de algunos peces. Una sola visita al centro y podías verlo en todas partes, enfundados en cientos de piernas. Con eso, el cabello, simple lacio hasta los hombros y color negro, sin mechas o zonas rapadas, resultaba extraño. Incongruente.

Tampoco vio la gota metálica alada, la figura de la mosca por ningún lado. La pequeña vibración de Anon le sobresaltó. En la pantalla, debajo de la imagen que sostenían las alas extendidas, salió de nuevo el mensaje advirtiéndole de la lluvia y que su edificio todavía estaba desprotegido. “Mejor te apuras si no quieres vértelas duras.” Se levantó del asiento para alcanzar el panel de control a un lado y, tras presionar su mano en el rectángulo grisáceo, vio a través de las puertas de vidrio el movimiento azulado de la barrera. Ahora se podía salir, pero no entrar sin ingresar el comando adecuado.

Su último cliente había girado la cabeza para observar también. Él se quedó un momento ahí de pie, esperando sin saber el qué, hasta que regresó a la posición normal y al balanceo de sus piernas aparentemente escamosas. Tenía un perfil fácil de marcar con una gran nariz presidiéndolo todo y un mentón puntiagudo, un pequeño triángulo. Haría una sombra en el suelo que cualquier niño sería capaz de copiar con un pedazo de piedra en el suelo de madera…

Volvió a su trabajo. Corrigió detalles y ennegreció las líneas útiles con un marcador. Finalmente dejó que la mini aspiradora le paseara por encima, llevándose los restos del borrador, y extendió la hoja frente sí. Le pareció una imagen coherente y proporcionada.

−¿Ya está? −preguntó su cliente.

Contuvo un respingo. Casi había olvidado su voz, el timbre que tenía. Como algo saliendo desde una cueva o desde detrás de un arbusto en la noche.

−Sí −dijo−. Sentate en la silla.

El otro sonrió. Dientes amarillentos y desiguales, labios cuarteados. Nadie andaba así ahora. No hizo ningún otro movimiento.

−Dale. Lo querés en la espalda, ¿no?

−Sí −dijo el cliente y se levantó.

La silla, percibiendo una presencia ajena a la del dueño, se giró hacia él, obediente, para recibirlo. Una vez ocupada giró en sentido perpendicular al banquillo que había cerca. Se elevó unos cuantos centímetros para hacérselo más cómodo. Atrajo hacia sí a la máquina que le haría falta en el trabajo. Un pequeño selector en el costado le mostraba las diferentes opciones de tintas y cuánto llevaba en su interior. Mañana tendría que reponer el amarillo y el rojo.

−¿De qué color lo querés?

−Azul −dijo el chico, dándole la espalda y sacándose la camiseta. Sin el brillo de la tela su piel parecía un blanco enfermizo. Casi podía creer que era un tinte corporal para ser demasiado blanco−. Me encanta ese. Es mi favorito.

El suyo también.

−¿Así nada más o querés agregarle algo?

−A ver −Su cliente giró y tomó el boceto en sus manos. No llegó a tocarlo, pero por poco. Ondas de frío se desprendían de él−. Ah, te ha salido bien.

−Sí. Tuve que usar un archivo que no se usaba en años como referencia e imaginar la forma porque no aparecían cerradas. Tenía nada más un dibujo de una ya volando, imagínate.

El joven asintió como si se lo imaginara. Le pasó de nuevo la hoja y él la tomó del otro extremo. La espalda desnuda del muchacho se le presentó en toda su extensión. Tan blanco como los lienzos que se usaban antes, cuando los artistas no tenían pantallas táctiles. Al lado del aparato tenía el control del espejo. Dibujó una figura con los dedos y en cuestión de segundos tenía un reflejo de sí mismo y la espalda del chico. Otro toqueteo y un segundo espejo aparecía en frente del cliente, transmitiendo la misma imagen que el primero. Le mostró adónde colocaría las alas, justo sobre los omoplatos.

−¿Ahí está bien?

−Sí, perfecto. Como si estuviera por echarme a volar yo también, ¿no? −dijo, riéndose.

Él apenas pudo sonreír.

−Sí, exacto −Volvió a tragar−. La mayoría de los chicos que piden alas las quieren así.

−¿Te piden muchos ángeles?

−No, para nada. Muchos chicos ni se acuerdan de lo que son.

−¿Y vos sí?

−Y bueno, con yo era chico todavía había palomas para comparar también. Ya hace mucho.

Presionó la hoja contra el lugar y la expandió. El frío viajó desde sus manos hasta el pecho. Podía ajustar la temperatura, pero no creía que sirviera.

−No me digas −dijo el cliente. Nada de él se movía más que la boca−. Pero si no parecés taaaan viejo.

−Con mis papás vivía en el campo. Ahí había algunas, aunque ya andaban re mal. Mi vieja se ponía histérica si me acercaba a alguna.

−Mira vos. Qué lindo. ¿Y ya dibujabas entonces?

No era la primera vez que se lo preguntaban. Eran esos temas de conversación que salían con los clientes nerviosos que no querían pensar en las agujas láser atravesándoles la piel. Idea de novatos, desde luego, porque el proceso era completamente indoloro. Pero por alguna razón no supo qué contestar. Ganó tiempo quitando la hoja y arrojándosela a un cubo que tuvo que moverse para tragarla. La imagen de las alas se le presentó en negro. Seleccionó el azul como olor a utilizar. Una lucecita verde se encendió arriba del mango de la aguja para indicarle que estaba cargada y lista. Se puso los guantes protectores.

En ese punto debería decirle que se mantuviera tranquilo y se relajara, advirtiéndole que nada más iba a sentir una ligera presión. En su lugar comenzó a trabajar sin más. Ese era un ambiente seguro que conocía. Su verdadero mundo. La razón por la que aguantó tres años en la Universidad para conseguir su título.

−Eh, te he preguntado algo −le insistió el cliente−. ¿Me oíste?

Un parpadeo. Todavía estaba en la tienda.

−Sí, perdoná. Me distraje. ¿Qué me decías?

−Si ya dibujabas de pendejo, allá en el campo.

No había forma de escapar del frío.

−Sí. Hacía dibujos donde podía. Me encantaba hacerlos en el suelo con una piedra.

−¿Y en la madera?

Levantó la vista. Pero el cliente tenía la cabeza gacha y el espejo de enfrente no le enseñaba más que el progreso que estaba haciendo. Su propio rostro le pareció pálido. Los tatuajes de sus mejillas, un par de círculos azules, descoloridos. Se pasó el antebrazo por la frente sudada.

−Claro. A falta de papel, servía.

−Con una piedra filosa, ¿no?

−Sí.

Quiso concentrarse de nuevo en el tatuaje. Volvió a apretar el botoncillo para sacar la punta rojiza. Las líneas negras fueron reemplazándose con azules. Intentaba imaginárselas como serían en 3D para agregarle el correcto volumen. Cómo serían de verdad y si pudieran abrirse, llevándose a cualquiera bien lejos de ahí. Incluso trató de verlo surcando los cielos morados hasta encontrar un retazo de la luna. Eso hacía cuando le pedían dragones o mariposas. No logró hacerlo.

Afuera la lluvia sacaba círculos de líneas celestes, ahí donde las gotas ácidas entraban en contacto con la barrera.

−¿Y no tenías un lugar para vos solo? −preguntó el cliente.

Las alas no se movían.

−Sí. Detrás de casa… había un árbol grande. Se doblaba por un lado y todas las hojas llegaban hasta el suelo. Si te metías adentro podías ver a todo mundo, pero nadie te veía a vos.

−¿Así solo? ¿No tenía frutos o un arbusto cerca?

−Había un arbusto del lado por donde no se doblaba el árbol. Por eso era el escondite perfecto. Me encantaba meterme ahí, sobretodo cuando en casa ya no había quién los aguantara a mis viejos.

Se lamió los labios. Esa imagen era sorprendentemente fácil. Hacía años que no pensaba en aquel árbol y la sensación de la tierra besándole los dedos. Los problemas de dinero fueron tales que al final no les quedaron más opción que venderlo casi todo y cambiarse a la ciudad. En la actualidad, donde él solía dibujar, se erigía un edificio de departamentos rodeado de caminos asfaltados. Toda el área le fue totalmente desconocida la única vez que la visitó.

−¿Estabas solo ahí? ¿No tenías ningún amigo?

−Uno nada más. Si no tenías un mini Anon nuevo no te daban ni medio voltio en la escuela. No eras eléctrico, así, de una. De modo que sólo podía hablar con este amigo ahí. Me hablaba desde el otro lado del arbusto. Decía si le gustaban o no los dibujos que hacía. Yo ni entendía cómo podía verlos, pero me decía cosas como “hacele las orejas más grandes,” “dale más detalle abajo”, ¿viste? cosas bien específicas.

−¿Nada más hacían?

Le vio la nuca al cliente. Era lo más cercano a su perfil que tenía.

−No, claro. Hablábamos de temas en general. Hasta me salía de cama a la madrugada sólo para eso. Me dieron tal cagada una vez que me atraparon… pero seguía en lo mío, como pendejo necio, porque tampoco tenía otra manera de estar en contacto y no quería que acabara yéndose si no iba.

El cliente cabeceó suavemente, silencioso. Movió un poco los hombros, como incómodo en su posición. Fuera su intención o no, le recordó el trabajo que hacía y se abocó a él nuevamente. Los vellos de su antebrazo se pusieron en punta. Tenía las puntas de las yemas congeladas, no sentía la piel abajo. El silencio se alargó hasta el momento en que sólo le faltaba el contorno de una hilera de plumas.

−¿Nunca lo viste a ese amigo tuyo?

−Un par de veces. En la parte de arriba de casa, donde mis viejos guardaban un montón de trastos y estaba el sistema de inteligencia principal, había una ventanita por la que él entraba y se quedaba conmigo. Le hice un retrato en una tabla que volteé para que no lo vieran.

−¿Y a vos no te daba ningún miedo, estar solo con un tipo así?

−Al principio sí, porque pensaba cómo mierda hacía sin escalera ni nada, pero luego se me pasó. Fuera de eso, no.

−Eh, ¿ya falta mucho?

−No, ya casi acabo.

Acabó con las plumas y le agregó unas sombras gentiles para darle realismo. Le pasó un paño húmedo de arriba abajo para deshacerse completamente de los restos de tinta del mercado. Por último un crema para evitar cualquier reacción negativa. Iba a colocarle una segunda capa cuando cayó su mano llena se detuvo en el aire.

El cliente levantó la vista. Sus ojos negros recorrieron la forma en su espalda.

−¿Sabés cuál es el rumor con la gente del campo? −dijo revelando sus dientes amarillentos.

No podía dejar de ver esa cabeza por el espejo.

−¿Qué cosa?

−Dicen que la razón por la que el gobierno suprimió todos los campos fue para ocultar unos experimentos que hacían bajo tierra. Manipulación genética, ese tipo de cosas, todo con la excusa de la investigación científica y esas mierdas. También mantenían cuerpos en estado criogénico secretamente.

−Oí de eso.

−Ah, pero no sabés qué historias se narraban −El cliente se irguió, casi ufano−. Decían que, como los tipos encargados no querían tener nada que ver con el tema, ya no más, viendo que no conseguían nada que justificara tremendo gasto, sacrificaron todos los animales y demás cosas que tenían. El problema es que algunos se escaparon, ¿viste? Así que había perros raros capaces de transmitir enfermedades sólo con la saliva, gatos pelados que cazaban bebés y ratas con más de una pata. También, supuestamente, había personas revividas que estaban tan jodidas de la cabeza que sólo podían ser un peligro para cualquiera. Encima, fíjate que a algunos los habían vuelto unos mutantes. Ya ni humanos parecían.

El cliente giró sobre su hombro. Los dientes puntiagudos volvieron a asomarse. El tatuaje en su espalda comenzaba a evaporarse, a hundirse o evaporarse de la piel. El trabajo que le había costado horas realizar desapareció a los pocos minutos, sin que los ojos negros dejaran de observarlo ni un instante.

−¿No tenés miedo todavía?

−No −contestó sin que le temblara la voz−. Desde hace rato sé que no es verdad. Me lo estoy soñando.

La sonrisa del cliente se esfumó.

−Hasta siendo pendejo decías eso. Era muy irritante escucharlo, ¿sabes? Daba lo mismo qué hiciera, siempre me salías con la misma cantaleta de que no puedo ser real. “Este está más jodido que yo”, pensaba. Te creías que un poco de terapia y ya no existiría, ¿no?

De pronto volvió a recordar a sus profesores, a sus padres, hablándole de su futuro y tendencia a dibujar en cualquier parte, incluso fuera de la escuela, cuando técnicamente era ilegal.

−Siempre he tenido aptitudes para la inteligencia abstracta −dijo, apretando el banquillo debajo de sí−. Las personas con inteligencia abstracta tienen una imaginación a veces demasiado activa. Como nadie me hablaba en el colegio me hice un amigo imaginario para combatir la soledad. Es natural hasta cierta edad.

Las cejas negras de su cliente formaron una arruga sobre la gran nariz.

−¿Y entonces qué carajo es esto? −Giró en la silla y sacó un mango negro de los pantalones acuario. Una cuchilla se generó espontáneamente−. ¿Esto te parece imaginario? ¿Qué mierda es real?

Negó con la cabeza.

−Un sueño. Esto es producto del estrés.

El cliente se levantó. Era más bajo que él, pero de algún modo se imponía. Se echó atrás inconscientemente mientras levantaba el arma.

−Un sueño −dijo después y se sorprendió tosiendo.

Intentó tragar el líquido que de repente parecía inundar su garganta, pero no lo consiguió. Parecía que habían abierto una catarata en medio de su cuello sin pasarle por la boca. Los ojos negros se le hacían borrosos, combinándose con el blanco de su piel helada y coronados por un techo negro. La figura geométrica de su rostro ganó redondez, perdió definición.

−Una… pesadilla.

De pronto vio la base de la silla inteligente. E incluso eso se difuminó con una extraña mancha roja.

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